Vaya Invento, las Luces de Navidad



Era esa época del año en que todas las luces del mundo se encienden para encandelillar los ojos de quienes caminan desprevenidos y en ocasiones despavoridos por las negras calles mientras las aún más negras noches pasan como si estuviéramos en febrero, o junio, o agosto. Todas las luces del mundo se encienden para quemar nuestras pupilas, poco asombradas, pues si algo estamos acostumbrados a ver son las luces de la ciudad, interminables e inapagables aún si estamos en enero, o abril, o septiembre.  Las luces del mundo se encienden todas para darles motivos a los quejumbrosos ambientalistas y evocar los hirientes y muy dolorosos recuerdos de los huérfanos más que en marzo, o mayo, o julio. Porque contrario a lo que muchos querrían no es octubre. Son los días finales del mes de noviembre, que le da la entrada a aquel mes que hace que el mundo se encienda, todo él, en una sola luz incandescente que nos incinera las retinas de esas bolas, también iluminadas ellas, aunque en ocasiones no por luz propia, que hacemos llamar ojos. Vaya invento, las luces de navidad, un recordatorio más de la gran miseria que Aura sentía esa noche.

Aura no es una mujer diferente a cualquiera que nos podríamos llegar a encontrar en un bus de transporte público, o en un restaurante a la hora del almuerzo, sea la mujer con la que comparemos a Aura el comensal más exclusivo del lugar o quien la esté atendiendo. Tenía sus problemas, leves ellos si se comparan contra los de alguien a quien le pese mucho la consciencia, o muy graves si se comparan con los posibles conflictos emocionales que pueda llegar a tener un recién nacido. Pero sus problemas le pertenecían, era lo que le ocupaba la mente mañana, tarde y noche, durante sus períodos de consciencia máxima o mientras dormía, o intentaba dormir, encriptados bajo los más indescifrables episodios oníricos. Y era precisamente por el hecho de pertenecerles, sus problemas, que sentía que eran lo más importante del mundo, aunque, como ya sabemos, no se acercan siquiera a serlo.

Aura detesta la navidad. Y era el mundo, con sus luces encendidas, con sus destellos que llovían a cántaros, lo que más le recordaba sus problemas. Esa noche apagaría todas las luces de su casa. Pero no serviría de mucho porque siempre habría algún miserable vecino o algún empedernido transeúnte, a quien, sin importarle si la navidad y las luces del mundo le recordaran a Aura sus problemas, aquello que para ella era lo más importante del mundo, encendería una lámpara y entonaría un villancico, lo que haría imposible que Aura, aún con las luces de su casa apagadas, se olvidara de sus problemas.

Insolentes, titilantes, perniciosas. Vaya invento, las luces de navidad.