Cuando volteé la última página,
no pude evitar que un sabor amargo invadiera mi boca. Puedo decir que La Fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, es un muy buen libro. Lo
leí porque es uno de los textos del Nobel de literatura con mejores críticas,
porque me gustan las novelas históricas y sobre todo, porque habla de una
realidad latinoamericana de a puño.
Aunque la Era de Trujillo fue excepcionalmente sanguinaria, la dictadura en
República Dominicana fue tan sólo una de muchas. Vargas Llosa hubiera podido
producir un texto similar basándose en otro país que pertenezca a este pedacito
de mundo que habitamos, como varios otros lo han hecho.
En retrospectiva, es claro que el
gobierno de Trujillo fue una dictadura atroz. Las libertades eran restringidas
a su mínima expresión, la prensa era controlada y manipulada por el gobierno a
su gusto, los arrestos, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas
el pan de cada día y la oposición aplacada con métodos tan eficaces como
permanentes.
Así, sin más, los invito a que
lean este gran libro.
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Hace poco, Angelita Trujillo,
hija del Generalísimo, como era titulado Trujillo, quiso publicar un libro sobre
su padre. Sin embargo, la ley 58-80 de de 1962 de su país, República Dominicana,
se lo prohíbe. No he leído el texto y no tengo la más mínima idea acerca de las
afirmaciones que en él se encuentren sobre el difunto dictador. Lo que sí sé a
ciencia cierta, es que este tipo de decisiones, por más que no tengan mucho que
ver conmigo o con mi círculo más cercano, nos sumen en un oscurantismo sin
igual, en una espiral de desconocimiento de nuestra historia y nos condenan a
repetir los sucesos de nuestro (¿ahora lejano?) pasado.
Aunque es entendible que la sensatez
humana sea la más acérrima opositora de las dictaduras, ¿no es acaso la
prohibición de la circulación del texto una postura aún más dictatorial que
cualquier otra? ¿No estaríamos ahora aplacando con la misma garra trujillista a
quienes disiden, a la libertad de expresión y de prensa?
Por más inicuo que haya sido este personaje, el gobierno no debería ensañarse contra la circulación de un texto que, supuestamente, lo reivindica de sus atrocidades. Debería preocuparse por educar a su población, enseñarles su historia y dejarlos escoger. Si hacen su tarea bien, escogerán juiciosamente, pues, como ya dije, la sensatez humana es la más acérrima opositora de las dictaduras.
