El Discurso Subversivo - Parte II


Nota al Lector

Segunda parte de la entrada: El Discurso Subversivo - Parte I. 

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Lo único que pasaba en el búnker era el tiempo. Uno de esos días la electricidad falló. Los tres marranos, buenos para nada, decidieron salir a buscar leña. Tarea inoficiosa, claro, porque ninguno de ellos tenía la más mínima idea de cómo encender una fogata. Frustrados, no tuvieron más opción que utilizar los troncos como pasatiempo. Los apilaron, a manera de Legos, hasta armar una pequeña casa, bastante chueca. El Lobo, tiritando de frío, les suplicó que lo dejaran intentar encender la hoguera. Quinta evidencia: ninguno de los cerditos era tan hábil como para construir una casa de ladrillos.

En ese momento tomaron la segunda foto. El lobo aparece soplando suavemente la madera apilada en forma de casa, no en un intento de derrumbarla, sino con el objetivo de hacer crecer el fuego y así evitar un inminente ataque de asma, que podría terminar en neumonía, producto del frío aire nocturno.

-          [Hay cosas que no me cuadran, Nana.
-          ¿Cómo cuáles, bonita?
-          ¿Quién le tomaba esas fotos al Lobo?
-          Ah, es que todos tenían Blackberry.

Pasaron los días, meses y años sin muestras de un gesto bondadoso de sus captores o un acuerdo humanitario de la contraparte . El Lobo se entretenía jugando ajedrez con la Abuela, llenando los crucigramas de los periódicos dominicales y recogiendo arándanos con su hocico, pues sus patas encadenadas no servían de mucho.

La crisis de la economía mundial de finales del 2008 fue arrasadora hasta para los traficantes de narcóticos. Ya Caperucita Roja no tenía mulas, pues todas se dedicaban ahora a arar sus tierras. Fue así como una tarde se le ocurrió la maravillosa idea de nombrar al Lobo como su mula mayor. Por segunda vez desde el inicio de su periplo el Lobo fue dopado y acomodado en una camilla blanca. Esta vez le abrieron su panza de par en par y le introdujeron miles de bolsas repletas de un polvillo blanco, no de piedras.

-          [Nana, para. ¿Y los controles del aeropuerto?
-          Los perros de seguridad estaban demasiado ocupados oliéndole el rabo como para darse cuenta que en realidad, el Lobo era una mula.
-          ¿"Mula" de traficante, "mula" de terco o "mula" de animal?
-          La mula que tú quieras.
-          En ese caso, escojo a Conchita, la de Juan Valdés.

Pero la suerte no estuvo del lado del Lobo y tampoco del de sus carceleros. Llegó a Bruselas con la mercancía intacta, pero de repente, mientras caminaba sobre un piso adoquinado, su pata se hundió en una de las ranuras y cayó sobre la calzada por donde, infortunadamente, pasaban carros a toda velocidad. Sexta evidencia: el Lobo tropezaba aún caminando en tierra firme, nunca hubiera podido escalar la chimenea de una casa.

El pobrecito Lobo murió instantáneamente. Los forenses encontraron en su interior las drogas, pieza clave en el rastreo de los verdaderos culpables.

-          [¿Y qué pasó cuando la policía encontró el búnker?
-          Vieron las fotos, extrapolaron los datos e inculparon al Lobo.
-          ¿Y acaso no existe la justicia en este cuento?
-          No. En Bogotá el Alcalde era Samuel Moreno, el suelo adoquinado había sido subastado por el IDU y ganado por los Nule, y era el DAS el encargado de tomar las muestras de sangre porque eran los mejores chuzando. La justicia estaba como desde sus inicios, ciega y con una balanza que parecía tener vida propia porque se inclinaba a su gusto.

Caperucita Roja y los Tres Cerditos afirmaron ante las autoridades que habían sido secuestrados por el Lobo, ahora muerto. Su regreso a la vida civil fue registrado por periodistas que preguntaban incansablemente cómo había sido el operativo de rescate, cómo se sentían de nuevo en libertad y si aceptarían la invitación a cenar del presidente francés Sarkozy. Luego publicaron sus libros, "Caperucita Roja" y "Los Tres Cerditos", donde ya sabemos quién es el villano.

-          [Y colorín colorado…
-          No me gustó tu cuento.
-          Pues, de malas.
-          Además no creo que haya sido verdad.
-          Bueno, no me creas.