El Discurso Subversivo - Parte I


Según la Real Academia Española:

subversión.
    (Del lat. subversĭo, -ōnis).
    1. f. Acción y efecto de subvertir.
subvertir.
    (Del lat. subvertĕre).
    1. tr. Trastornar, revolver, destruir, especialmente en lo moral.



Todo era una gran mentira. Esa mañana, ante la evidencia fehaciente que yacía sobre mi escritorio, lamenté haber creído la cantidad de sandeces que me fueron relatadas cuando niña. El Lobo nunca fue feroz, ni con Caperucita, ni con los Tres Cerditos (que en realidad eran cuatro), ni con nadie.

Comenzó una calurosa tarde de verano. Como por arte de magia (porque consecuencia del viento no pudo haber sido), se levantó una polvareda que no solo encegueció al animal, sino que lo sumió en un acceso de tos que casi le cuesta un pulmón. Primera evidencia: el Lobo era asmático.

Cerca del lugar se encontraban cuatro cerdos que vestían uniformes de paramédico. Aún cegato y sin poder recuperar el aliento, el Lobo se les acercó suplicando ayuda. Los marranitos, ansiosos por operar al que sería su primer paciente del día, procedieron como lo haría cualquier personaje en esta historia: lo doparon, lo acomodaron en la parte trasera de una furgoneta blanca y le hicieron el paseo millonario. Segunda evidencia: a los cerdos les atraen las marranadas.

-          [No me habías dicho que este cuento había ocurrido en Bogotá, Nana.
-          No me lo habías preguntado, Momo.
-          ¿Y entonces robaron al Lobo feroz?
-          Le quitaron hasta el abrigo de piel que llevaba. Y ya te dije: el Lobo no era feroz… sólo que no se había afeitado.]

Debieron haber pasado horas antes de que una anciana lo encontrara cadavérico en un potrero a las afueras del pueblo. Lo alzó en brazos y lo llevó a su humilde morada. Desde lejos se alcanzaba a divisar lo que parecía ser una puerta de no más de un metro y medio de alto, asegurada con un candado enorme y cubierta por ramas secas y paja.

Justo antes de entrar al recinto el Lobo recobró el conocimiento. De inmediato sintió su cabeza dar vueltas y un vacío invadirle el estómago. Al verse en ese deplorable estado se desplomó en llanto. Sus sollozos se confundían con accesos de tos que lo sorprendían de cuando en vez. Ahí es donde le toman la primera foto. El pobre Lobo, púrpura él, parece que estuviera soplando. La supuesta casa de paja, en realidad, no es más sino una suerte de pila de troncos muertos contra la que el animal se apoyaba para no desfallecer. Tercera evidencia: el Lobo lloraba.

La anciana, haciendo uso de una llave vieja y oxidada, dio vuelta a la cerradura del candado guardián. La puerta se abrió y dejó ver unas escaleras oscuras que descendían. Pero el Lobo, aún consternado por los últimos sucesos, se encontraba débil y tembloroso. La mujer se acercó a él (para verlo mejor), puso su oreja derecha sobre su corazón (para oírlo mejor), tomó su pulso, no sin antes retirar sus guantes (para tocarlo mejor) y le acarició el hocico (para que la oliera mejor).

Finalmente emprendieron escaleras abajo. Al lugar lo llamaban el búnker de Caperucita Roja, y justo ahí fue donde nuestros personajes fueron a parar.

-          [Nana, ¿y el búnker era como el del Mono Jojoy?
-          No sé, amor.
-          Yo me imagino que no, porque si era de Caperucita Roja debía ser un buen lugar.
-          No juzgues un libro por su portada.
-          No te entiendo nada…

Caperucita Roja era el alias del un hombre gordinflón y de voz aguda que traficaba con estupefacientes. Sus secuaces, los cuatro cerditos, se encontraban allí también. La señora era la Abuela, una mujer que aunque anciana, conservaba el tesón de sus años mozos. Cuarta evidencia: la abuela nunca estuvo enferma.

Los cuatro marranos quedaron pasmados al ver al Lobo. Culparon, como era natural, a la pobre Abuela, quien sólo intentaba repararle al mundo con un acto bondadoso toda la maldad que su nieto emanaba. En el calor de la discusión, uno de los cerditos expresó su deseo de reinsertarse a la vida civil, alegando que las garantías que ofrecía el gobierno uribista eran buenas. Ante tal idea, Caperucita Roja desenfundó su revólver y le propinó dos disparos en la cabeza. Esa noche cenarían tocino.

-          [¿Y por qué nadie se enteró del cuarto cerdito? El cuento menciona solo a “Los Tres Cerditos”.
-          Porque en esta historia es más que fácil esconder una muerte, ya sea un falso positivo, un verdadero negativo o del mismo modo en sentido contrario.]

Caperucita Roja conocía bien los riesgos de tener al Lobo en su morada. Él podría ser un soplón, como muchos de los que había conocido, así que analizó muy bien sus posibilidades antes de tomar una decisión. Se encontraba seguro de lo que haría: tomaría al Lobo como su rehén, lo utilizaría como botín de guerra y luego, si nada de esto funcionaba, lo asesinaría.

-          [Bueno, pero dicen que el Lobo sopló y sopló dos casas más: la de madera y la de ladrillo. ¿Eso es también mentira?
-          Yo cumplo con contarte lo que sé. Tú me dirás luego qué es mentira y qué no lo es.]





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Continuará