Buenos Vecinos - Parte II




Nota al Lector 

Esta entrada me encanta y me interesa que usted la entienda a cabalidad. Si no ha leído la publicación anterior va a estar más perdido que una aguja en un pajar. Por favor lea primero Buenos Vecinos - Parte I.

~~~~~



Conozco a mi madre como la palma de mi mano. Con tan sólo oír su aló puedo adivinar su estado de ánimo, que en esta ocasión no era el mejor: 

- ¿Por qué le dijiste a Soledad que el plomero iba a ir al apartamento antes de las ocho de la mañana? Me acaba de llamar furibunda, a decirme que era el colmo de mi irresponsabilidad no hacer nada para solucionar el problema. Me dijo que iba a llamar al esposo, abogado él, para tomar medidas en el asunto. Gritó tanto que decidí colgarle antes de injuriarle cuanto epíteto denigrante se me atravesara por la cabeza. Los adjetivos de la Comedia Humana de Balzac me hubieran quedado chiquitos al lado de la cantidad de indecoros que le hubiera dicho. ¿Cómo fuiste capaz de mentirle? ¿En qué estabas pensando? 

A decir verdad, en lo único que pensaba al mentir de semejante manera tan descarada era que necesitaba salir de ese lugar infernal. La Loca Mayor no le daba tregua a su discurso y ni siquiera las mejores técnicas de respiración, aprendidas de los franchutes más fifís, me ayudaban a impedir que ese aire denso y maloliente entrara por mis fosas nasales e invadiera mi cuerpo como fósforos en llamas, quemando todo a su paso. 

Así que le mentí, insolentemente. Me apena un poco decir que no me arrepiento de haberlo hecho, es más, me siento algo orgullosa de haber podido salir de ahí. No me quiero imaginar cuál hubiera sido el final de no haber tomado armas en el asunto. Quizá hubiéramos terminado durmiendo debajo del edredón verde de Teletubbies muy entrepiernadas. ¡Ni pensarlo! La mentira no constituía una opción sino un imperativo. No existía alternativa alguna, y si el regaño de mi madre era el precio que debía pagar por mi libertad, lo afrontaría. 

~~~~~ 

Miller, el plomero, llegó al apartamento hacia el final del segundo día desde el inicio de esta tragedia griega. Profirió su diagnóstico después de darme toda una cátedra acerca del funcionamiento de las tuberías en los edificios viejos y de realizar un extenuante examen a la tina: era un tubo hidráulico, probablemente el que alimentaba el mono-control. 

Me dio algunas soluciones temporales mientras se encontraba una salida definitiva al lío, al tiempo en que insinuaba que era necesario bajar al apartamento vecino para estudiar el alcance del daño causado y posibles remedios a la cuestión. Yo accedí a regañadientes, no sin antes ofrecerle un café y galleticas para dilatar la obligada visita a tan poco placentero lugar. 

~~~~~ 

Mi señora, no se preocupe que ya no le va a gotear más, intentaba decir Miller para cortar el ataque de verborrea con el que Soledad lo embestía. El incidente afectaba claramente a ambas partes, pero esta señora no era capaz de entenderlo. 

- Prefiero que vengan y se bañen aquí por las mañanas, antes que utilicen de nuevo ese baño. ¡Donde lleguen a abrir ese grifo se me viene el apartamento abajo! 
- Claro Soledad, ¡que sea un plan! Mientras tú me pasas la esponja por la espalda yo te hago un masaje capilar revitalizador, le respondía yo en mi mente. De eso sí no fui capaz. 

De repente vi la luz. Parecía como si la temida vecina se acercara al desenlace de su monólogo. Me alegré, y con toda razón, pues esta vez no sería necesario recurrir a mentirillas piadosas para poder escapar de ese espantoso territorio. Pero, ¿era acaso posible que esta señora nos dejara ir sin tener que pagar un precio por nuestra salida? Claro que no. Nos alcanzó una hoja de papel para que le anotáramos sendos números de celular. Qué ingenia fui: no nos dejaba en libertad, sólo nos alargaba la cadena. Para poder contactarlos en caso de emergencia, justificaba. 

Mientras el plomero arrugaba el seño y garabateaba lo que sería el fin de sus días sobre el papelito, yo sostenía un debate conmigo misma acerca de cuán conveniente era que semejante chiflada tuviera en sus manos la capacidad de alcanzarme telefónicamente. La sola idea provocaba que los vellos de mi nuca se pusieran de punta y que mi estómago indujera una sensación indescriptible de vacío. 

Decidí ser una buena vecina y anotar el número de celular correcto. Han pasado cuatro días desde la llamada de emergencia de mi hermanita y dos desde la visita del plomero que no se ha vuelto a pronunciar. Aún así, todavía no recibo el primer telefonazo de mi vecina. ¿Le habré dado el número errado? Quizá mi subconsciente, en un intento desesperado de conservación, me haya tendido alguna trampa. Quizá caí víctima de una jugarreta del destino. Eso usted nunca lo sabrá. 

~~~~~ 

El tan temido ring ring de mi celular resonó en la oficina provocando la pérdida de mi concentración, pero esta vez sin té en mano. ¡Pánico! ¡Pánico! Grita una vocecilla en el interior de mi cabeza… ¿Será ella?