Miedo

Hace poco leía a Ángeles Mastretta en Puerto Libre. Hablaba de El Miedo. A decir verdad, creo que es difícil transmitir tal sensación con palabras. Basta con decir tuve miedo y ya. Al fin y al cabo todos nosotros lo hemos sentido en uno u otro momento de nuestras vidas; cada uno sabría entonces a lo que me refiero, y no tendríamos la engorrosa necesidad de embarcarnos en una descripción, que por extensa que sea no lograría transmitir con exactitud lo que se siente cuando se teme. Es cuestión de las limitaciones del lenguaje para describir impresiones sensoriales.

Más allá del sentimiento en sí, me empecinaba en entender la causa de su desasosiego. No lograba comprender por qué una mañana cualquiera, en nada diferente a ninguna otra, de pronto sentía el deseo de no levantarse de la cama por aprensión a la cotidianidad, pavor al nuevo día, espanto a la rutina: miedo en su más pura expresión. 

Pues ayer fue un día en el que pude haberme sentado a llorar sin motivo aparente. Y no me refiero a un lloriqueo menor (para nada), sino uno de aquéllos que podrían ser clasificados como todo un diluvio ocular. A las cuatro de la tarde no lo hice por vergüenza con mis compañeros de oficina. Tampoco fui capaz a las seis, por pudor con quienes compartía el escaso aire dentro del bus repleto. A las ocho de la noche mucho menos, por no demostrar debilidad ante mi hermosa. Ya eran las nueve y cuarto cuando sentí que las lágrimas se me habían ido acumulando a lo largo del día, empezando desde los pies hasta llegar a la garganta, que estaba adolorida de tanto retenerlas. 

Las secuelas de semejante llorada las sentí a la mañana siguiente. Abrí los ojos hinchados y quise no levantarme de la cama, no despegarme de mis cobijas. Tuve miedo.

No busco que quien lea entienda mis razones. Siendo completamente honesta creo que ni yo las conozco a ciencia cierta. Continúo una búsqueda bastante infructuosa, pues de lo único que he logrado percatarme es del pánico que le tengo a los truenos (no a los rayos, que son el destello de luz en el cielo, sino al sonido que los procede). 

Creo que lo que me causa miedo es el hecho de saber que sin importar lo que haga llegará un momento en el que me sentiré, no como ayer, sino peor; y que aquélla a quien tanto quiero pasará por esas también. Eso es, lo encontré. Muero de miedo.