Debía tener unos cuatro años. La
niña, tímida, se acercó al gigante de madera (¿era madera?) y lo observó por un
largo tiempo. Sus ojillos vivaces recorrían aquel esplendor, blanco, negro, siempre reluciente. Lo escudriñó con la mirada. No hubo resquicio que no
hubiera sido atrapado por esas pupilas juguetonas y analizado con esmero. Nunca
había tenido ante su diminuto cuerpo un objeto siquiera parecido a eso.
Su madre le decía, apelando a su seguridad, que se mantuviera siempre alejada de
extraños, aún más si éstos le ofrecían entrar, tocarlos o tomar su mano. Hasta
el momento había obedecido sus órdenes a pié juntillas. Bastaba con que alguien
la mirara por más de tres segundos consecutivos en un supermercado, estación de
trenes o parque, para que sus piernecitas, tal par de autómatas, se arrancaran
a correr como si no hubiera un mañana.
Sin embargo, había algo en él más poderoso que su miedo a
quebrantar las reglas. Su color caoba la invitaba a entrar, a sentarse a
su lado y a tomarle la mano, si es que le llegaba a encontrar una. Sabía que no debía hacerlo. Amparo y
Lola se encontraban en la habitación contigua y aunque no pudieran verla, el
más mínimo ruido las alertaría de sus intenciones de acercársele.
Viró su cabecita en ambos
sentidos, estudiando todo a su paso y asegurándose de que nadie la observara.
Sin mirarlo, extendió su pierna hacia adelante, muy despacio. Después de lo que
le pareció una eternidad, la suela de caucho de su zapatito mafalda encontró el
anhelado obstáculo. Aquello
permaneció inmóvil.
Luego vino la mano. Se puso de
espaldas a él y disimuladamente sus dedos alcanzaron la superficie fría,
inerte. Lo tomó con más fuerza, esperando esta vez una respuesta que le
indicara que se encontraba vivo, que respiraba. Nada.
Segura de que no se movería,
decidió aventurarse un poco más. Acercó su cara al frente café e inspiró hondo.
Ese olor penetrante entraba por sus fosas nasales y hacía que sus ojos
lagrimearan. Permaneció con su nariz pegada al objeto hasta que un peculiar
interrogante le invadió la cabeza: ¿a qué sabría? Aún inmóvil y con su nariz
clavada en la madera (ahora sí estaba segura de que era madera) sacó la lengua
despacio y la presionó con fuerza contra el barniz que recubría la superficie.
Un cosquilleo le recorrió el
cuerpo. Se despegó abruptamente de su descubrimiento y limpió la humedad que
había dejado con su manga. El sabor no había sido agradable.
Amargo, eso era. ¿O ácido quizá? Le costaba trabajo diferenciar entre los dos. No obstante la desagradable sensación, el deseo de conocer más acerca
de ese gigante inmóvil con dientes blancos y negros que permanecía indiferente
a sus experimentos se le imprimió con más fuerza en su mente.
Quiso mirar la superficie
superior, pero a duras penas alcanzaba las tres cuartas partes de su altura, aún haciendo el mayor esfuerzo para empinarse. Era demasiado grande para ella,
pero esto no la detendría. Pronto vio la solución. Había dispuesto, frente de
lo que parecían ser sus dientes, una butaca negra tapizada en cuero. Se sentó
en ella y poco a poco, con movimientos lentos pero firmes, se incorporó sobre
la espuma recubierta del asiento. Por fin pudo ver la madera reluciente de la
parte de arriba del gigante, su felicidad era tan grande que su pequeño
cuerpecito casi no alcanzaba a albergarla toda.
Sólo una cosa la haría aún más
feliz. Si tan solo lograra sentarse sobre eso,
pensó. Ingenió su estrategia y maquinó cada uno de los pasos que seguiría. Con gracia
ensayó los movimientos a ejecutar, todo esto encima de la butaca. ¿Cómo lo
haría? Bien, el pie derecho lo apoyaría sobre los dientes blancos con negro, la
rodilla izquierda alcanzaría la superficie superior y con un ligero movimiento
de su tronco hacia la izquierda quedaría sentada sobre el bloque de madera que
ahora observaba.
Acercó con cautela el pie a los
dientes, pero al mínimo contacto el monstruo rugió enfurecido. La chiquilla,
presa del miedo y la desesperanza, perdió el equilibrio y cayó al suelo. El
estruendo alertó a su madre y a Lola quienes entraron de inmediato a la
habitación para encontrar a la pequeña tirada bocarriba sobre el tapete color marfil.
- Nana, ¿qué hacías encima del piano? - inquirió su madre.
Piano. Ese era el nombre del
monstruo rugidor, tan hermoso y despreciable a la vez. En cuanto pudo, y con
ayuda de Lola, se incorporó.
-
¿Qué es eso mami? – preguntó sin hesitar.
-
Pues un piano – se adelantó Lola a su madre. ¿Te muestro?
Así fue como la pequeña descubrió
la magia que encerraba ese gigante de madera. Lola tocó la canción de
Estrellita hasta la saciedad.
Luego, un tanto después, vino
Chopin y la niña se enamoró perdidamente de aquel gigante de madera que tantas preocupaciones le causó.
