El Villano de mi Historia

Soy una persona que no dice muchas groserías. Creo que, como dice el refrán, lo cortés no quita lo valiente, y que uno puede llegar a ser muy hiriente con las palabras adecuadas sin necesidad de que éstas sean vulgares. No obstante, hay ocasiones en las que un hijo’eputazo es la mejor catarsis de todas. Bueno, pues hoy, sábado tres de julio de dos mil diez, entre las siete y media y las ocho y quince de la noche, ocurrió algo que hizo que todas las groserías que he dejado de decir en el último mes salieran catapultadas: perdí mi celular.

Ese aparato es abominable. Si han leído las entradas anteriores del blog sabrán que detesto el teléfono de mi casa, y a decir verdad el celular no se queda atrás. Es imprudente desde cualquier punto de vista: interrumpe eventos importantes, se presta para realizar llamadas indebidas (por lo general en estados no tan sobrios) y es uno de los principales artífices de la pérdida de intimidad de la sociedad. Alguien mencionó alguna vez que es mucho peor que facebook, cosa con la que no discrepo: cualquiera con acceso a un teléfono puede comunicarse con uno al celular. En facebook se tiene la opción de no ser encontrado, sólo que muchos no lo saben.

Pero aquel que dijo por primera vez que del odio al amor no hay sino un paso no se equivocó ni un poquito. Y es que, sin decirnos mentiras, aquí entre nos, todos sabemos que en algún momento de nuestras vidas hemos estado muy agradecidos con el dichoso aparato. Si no fue cuando nos quedamos varados en la mitad de la nada, fue cuando alguna llamada milagrosa nos salvó de una reunión aburridísima. Y ni hablar de cuando suena y nos percatamos, al mirar la pantalla, que quien llama es ese special someone. El mundo se nos ilumina.

Con todo esto no olviden que en mi historia el celular es el villano, lo que me haría a mí una masoquista de primera categoría, porque siempre vuelvo a él, aún después de robos, daños y demás. Para reivindicarme me pregunto (o mejor, les pregunto) lo siguiente: ¿qué hizo Batman cuando localizó al Guasón? ¿o a Dos Caras? ¿o al Pingüino? ¿huyó despavorido? ¿corrió en sentido contrario? ¿se escondió en su Baticueva? Podría listar más ejemplos, pero creo que la idea queda bien transmitida con éste. La conslusión: todos los héroes sienten una atracción inalienable hacia sus villanos, y yo, sin creerme muy heroína, no soy la excepción.

Me dolió (me duele) la pérdida del celular, es más, aún si rápido (el más rápido de la historia, quizás), alcancé a tener todo un proceso de duelo: primero negación (busqué mi celular por todos lados, hasta en la nevera), luego ira (maldije, zapateé y grité; creo que algunas de las groserías que dije ni siquiera existen), después retraimiento (me quedé mirando por la ventana sin querer saber nada de nadie), al instante llegó la depresión (casi lloro, no tenía ni seis meses de haber sido comprado), en seguida la aceptación (era hora de llamar a mis papás a comunicarles las no-tan-buenas nuevas) y por último la esperanza (aún considero dentro de mis opciones el encontrarlo en algún un lugar inaudito, como la caja del cereal, por ejemplo).


Bueno, para no alargar más el cuento, mi celular está más perdido que el hijo de Lindbergh. Sí, es el villano de mi historia, es mi Pingüino, es mi perdición, pero a los enemigos es mejor tenerlos cerca. Si no lo encuentro me tocará comprar uno nuevo. Por ahora no me llamen para no desperdiciar la batería. Si nada extraordinario sucede, el lunes cinco de julio a las seis y quince de la mañana sonará una alarma de despertador. Si la escucho quiere decir que en la caja de cereal encontraré la mejor sorpresa de todos los tiempos. De lo contrario, le deseo al infeliz nuevo propietario del aparato que lo disfrute. Era hasta bonito.


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Nota al Lector: En efecto, el celular fue robado por algún individuo amigo de lo ajeno. Muy ágil, a decir verdad, pues ni siquiera supe en qué momento. Infeliz.