Miro el reloj justo cuando marca las nueve en punto de la mañana. Llevo una hora y veinte minutos en la oficina (media hora haciendo el crucigrama, diez minutos escribiendo un mail, otros diez tomándome un café tamaño familiar y media hora revisando mi to-do-list). La falta de inspiración me aqueja y el segundero del reloj parece cavar un cráter en mi sien.
Hace ya varios días España se consagró como el gran vencedor del fútbol. Se me acabó el mundial. Se nos acabó el mundial. A eso de las nueve y media de la mañana entro en un agudo síndrome de abstinencia y me siento más desocupada que el mismísimo pulpo Paul sin futuros marcadores que pronosticar. Me levanto de mi puesto, voy al baño, paso por la Sala de Juntas (donde otrora se formaran las reuniones pre-partido para ver cómo es que iba lo de la polla mundialista) y regreso a mi computador donde los pantallazos de Bloomberg esperan ser consolidados.
Yo no sé qué voy a hacer. Después de ver jugar a Sneijder (grande, Sneijder), a Villa y a Forlán me rehúso a sintonizar un partido amistoso Junior vs. Equidad. Necesito un Grand Slam, un US Open o en últimas un torneo de rana o tejo. ¿Cómo se les ocurre a los de la FIFA tenernos en ascuas cuatro largos años, hacernos llenar álbum y ver partidos en HD para después quitarnos de un día para otro el espectáculo?
Les sugiero, mejor, que nos eviten el síndrome de abstinencia que viene después de la lloradita de los ganadores de La Copa y que, en lugar de un mes de partidos, pongan el pulpo Paul a que escoja de una al ganador. Al fin y al cabo, ¿para qué estadios de la talla del Soccer City, vuvuzelas o balón Jabulani si tenemos un octópodo pitoniso? Qué animalada.
Les sugiero, mejor, que nos eviten el síndrome de abstinencia que viene después de la lloradita de los ganadores de La Copa y que, en lugar de un mes de partidos, pongan el pulpo Paul a que escoja de una al ganador. Al fin y al cabo, ¿para qué estadios de la talla del Soccer City, vuvuzelas o balón Jabulani si tenemos un octópodo pitoniso? Qué animalada.
