Memorias de Carretera - El Aventón



Foto tomada de: http://www.flickr.com/photos/mauricioagudelo/3448145089/


Esta es la primera de una cadena de historias reales que aquí plasmaré. He decidido dar como título a esta serie de publicaciones Memorias de Carretera, porque no se me ocurre ningún otro nombre que se ajuste mejor a estos relatos, que son precisamente eso, memorias.

Quien me conozca sabrá que, con excepción de algunas pocas, mis vacaciones escolares se caracterizaron siempre por las travesías a lo largo de la geografía colombiana. Gracias a esto, desde muy pequeña desarrollé cierta conciencia acerca de los problemas de seguridad del país. Para percibir lo que ocurría, siempre bastó con una mirada atemorizada: la del campesino, la del terrateniente, la del policía, la del citadino, la del rico, la del pobre, la del guerrillero, la del paramilitar, y (aún peor) la de mi padre, la de mi madre, la de mi hermana y la mía propia. De esta manera, advierto a usted, señor lector, que éstas son historias en las que el Miedo es el principal protagonista.

Así, sin más preámbulo, los dejo con la primera Memoria de Carretera: El Aventón.

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A pesar de mis esfuerzos, no logro recordar cuántos años tenía cuando ocurrió lo que estoy por relatar. Entre mi hermana, mis padres y mi pobre memoria he intentado reconstruir lo que fue uno de los episodios vividos más aterradores a mis cortos 23 años. De lo que pudimos concluir en materia de cronología, mi hermanita tenía alrededor de cuatro años, por lo que yo debía tener doce.

Tampoco recuerdo que esa mañana hubiera sido especial, simplemente sabía que, como solíamos hacerlo, ese día iríamos a la finca de un amigo de la familia. Quizá era la falta de costumbre o quizá el exceso de ella, pero a mis ¿doce? años poco me interesaba ir a un lugar en donde la electricidad fallaba, el servicio de agua potable era intermitente y existía una alta probabilidad de contraer una enfermedad grave a causa de picaduras de mosquitos y otros bichos del trópico colombiano.

Lo primero que vi al llegar fueron los caballos bajo el sol apabullante. Pronto se disiparon todos mis miedos y la emoción me invadió el cuerpo. Amaba a esos animales imponentes, que me hacían sentir la dueña del mundo. Comimos, cabalgamos por entre el ganado que pastaba en las tierras fértiles y jugamos hasta quedar cubiertas de arena y sudor. Pensaba que ese día merecía ser llamado inolvidable, aunque aún no supiera cuánto.

En las horas de la tarde regresamos a nuestra casa. Como siempre, mi padre tenía los tiempos muy bien calculados para poder llegar a la ciudad antes de las cinco, hora en la que sabíamos bien que no podíamos estar aún en la carretera. Según oí decir alguna vez, las botas de caucho que utilizaban los integrantes de grupos guerrilleros o paramilitares, se calentaban demasiado al contacto con el asfalto hirviente por la inclemencia del sol, lo que hacía que sus labores de detener automóviles, incinerar vehículos, secuestrar civiles y asesinar militares (todo esto a distancias cortísimas de estaciones de policía y ejército), fueran insoportables entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde.

De manera que partimos, siguiendo con estricta obediencia las recomendaciones populares. Mi hermana iba sentada sobre las piernas de mi madre, en el asiento del copiloto, y sacaba la cabeza por la ventana, mirando hacia atrás, para encontrarse conmigo haciendo un gesto análogo por una de las ventanas traseras del campero en el que íbamos. El viento suave y cálido de la tarde era justo lo que necesitábamos para refrescarnos mientras los paisajes nos mantenían entretenidas.

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Lo siguiente que recuerdo es la cara hostil de un personaje a lo lejos que nos apuntaba con un arma de largo alcance y nos hacía señas para que orilláramos el vehículo. A ambos costados de la carretera se encontraban otros más, mujeres y hombres, siempre uniformados. La impaciencia del primer hombre, el líder, lo llevó a proferir un grito sanguinario dirigido a mi padre, por no detener, a su juicio, el vehículo lo suficientemente rápido.

Bastó con una mirada aterrorizada de mi madre para entender lo que estaba ocurriendo. El Miedo invadió el reducido espacio en el que nos encontrábamos,como un líquido denso que no nos permitía respirar. Recuerdo bien mi reacción, posiblemente porque tengo la certeza de que en este momento haría lo mismo: buscar refugio en mi madre. Con un par de zancadas me pasé al puesto del copiloto y me asilé entre sus piernas. El Miedo se introdujo en mis oídos y boca, me ató las manos y pies, amordazó a mi hermana y gravó una señal tan profunda en nuestras memorias que aún hoy no olvidamos.

Mi padre, con esa mirada que sólo el Miedo sabe hacer, dijo en voz baja, casi inaudible, Mija, nos llevaron, mientras escuchaba las indicaciones gritadas del líder, Bájese del vehículo, sólo usted. En menos de veinte segundos éramos diez personas en el campero. Dos hombres en baúl, uno en el puesto de atrás acompañado por dos mujeres, mi padre al volante, mi madre, hermana y yo en el puesto del copiloto y por último, el líder, siempre mostrando su arma, parado sobre el estribo exterior de la portezuela del piloto, sostenido de la parrilla superior del vehículo.

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No sé muy bien cuánto tiempo transcurrió. Según mi padre fue un poco más de cinco minutos (los más largos de mi vida, en palabras de mamá), en donde el Miedo había cedido su imperio al Mutismo. El silencio sepulcral fue interrumpido por la voz ronca del líder Aquí está bien, oríllese. Mi padre detuvo el carro, abrió su puerta para dejar salir a todos los pasajeros y se volvió a montar al vehículo en silencio, reteniendo la respiración y las lágrimas.

Vimos a los seis guerrilleros alejarse del vehículo y adentrarse en el espeso monte que bordeaba la carretera, uniformados, armados y sin ningún rastro de vergüenza por las manchas de Miedo dejadas al interior del carro. Nos dieron la espalda, claro, pero no sin antes proferir lo que mi padre titula un mandato sicológico, ya que quien lo reciba, presa del Miedo, lo acata a pie juntillas: No han visto nada. Y ahí fue, en ese preciso instante en que el líder nos miró a cada uno a los ojos, que pude ver que el Miedo también lo tenía a él.