Memorias de Carretera - El Milagro


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La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa.
Albert Einstein

Poco me importa gritarlo al mundo. Es más, me enorgullezco de amar y adorar a mi hermana con todas las fuerzas de mi ser. Sí, está bien, en este preciso instante, mientras escribo, ella se encuentra atravesando por una nefasta adolescencia, un caldo de hormonas que la maneja a su antojo y que más de una arruga me causará en un futuro próximo. Pero no le podría dar menor trascendencia. Es el ser más espectacular, maravilloso, amoroso y bueno que hay sobre la faz de la tierra. Aprovecho para decirle (una vez más, porque ella lo sabe muy bien, me he encargado de decírselo en repetidas ocasiones) que la amo. 

Siendo ésta la situación, comprenderán por qué lo que estoy por contarles lo llamo El Milagro.

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Estábamos en nuestro apartamento. Yo debía tener ocho años de edad, la tarde de domingo (lo supongo porque mis padres no trabajaban) en que mi papá me sacó del letargo digestivo producto de un copioso almuerzo. ¿Qué vamos a hacer papi? ¿A dónde vamos? Pregunté mientras bajábamos las escaleras de nuestro edificio. Su respuesta, lo recuerdo bien, causó tal felicidad en mí, que sentí que mis huesos bailaban por sí solos dentro de mi cuerpo. Vamos a ir a ver a tu hermanito, profirió papá aun desconociendo el sexo del bebé.

Hacía tiempo había desistido de la idea de orar para pedir un hermano o hermana. Entre los tres y los cinco años repetía incansablemente lo que pensaba sería un hechizo mágico para que mi mamá quedara en embarazo, aunque a mi corta edad aún no entendiera cómo las cigüeñas podían atravesar el mundo entero con un bebé colgando de su pico. Estrellita, estrellita, tráeme por favor una hermanita, decía noche tras noche. Pues la cigüeña (o la estrella, o mi madre) se demoraró en hacerme el milagrito, pero cuando finalmente llegó fue lo más lindo que me pudo pasar hasta ese momento.

A mi madre le molestó la manera como mi papá me dio la noticia, porque no quería darme falsas expectativas. En el pasado había quedado embarazada dos veces, pero había tenido en ambas ocasiones abortos involuntarios. Por esta razón, a sus 40 años, el embarazo era de cuidado, como bien los colegas de mi papá expresaron. La indicación que yo recibí y que hasta el día de hoy he cumplido a rajatabla fue la siguiente: debes cuidar lo más que puedas a tu hermanita.

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Dos semanas antes de la tan anhelada llegada, Ana, la señora del servicio del apartamento, se retrasó. Pasaron las horas y no había rastro de ella, razón por la cual mi mamá decidió llamar a mi papá a su lugar de trabajo para avisarle que saldría a buscarla a su casa. Recuerda que hay lugares muy inseguros en la ciudad, es mejor que le digas a Paba que la vaya a buscar, fue su respuesta. Paba era el todero de la familia, encargado de arreglar desde los más mínimos detalles de decoración, como clavar clavos en las paredes para colgar cuadros, hasta realizar trabajos de plomería y carpintería.

Si algo caracterizaba al todero era su excesiva lentitud, cosa que hartaba abismalmente a mi madre. Fue por esto que cuando Paba le dijo que el lugar que buscaban se encontraba muy cerca, mi madre decidió ir hasta allí en el carro. Pensó que no tendría mayores inconvenientes al ir con alguien que conocía bien el sector.

Al llegar a la casa de Ana llamaron a la puerta, pero nadie contestó a los fuertes golpes del todero. ¿Qué pudo haber pasado con ella? Se preguntaban Paba y mi madre angustiados. Al no obtener respuesta alguna ni de los habitantes de la casa ni de sus vecinos, decidieron regresar al punto de partida, nuestro antiguo apartamento.

En el camino de regreso, a pesar de la aparente calma, de las miradas apacibles de los espectadores y el silencio de las calles, ocurrió lo inesperado. Varios sujetos, aparecieron en medio de la vía, y apuntaron con armas de corto alcance al piloto y copiloto del vehículo en movimiento. Paba, presa del Miedo, dejó escapar un grito desesperado, al tiempo en que sus ojos se llenaban de lágrimas.

Me es imposible imaginar lo que mi madre sintió en el momento en que, contrario a lo que dicta la sensatez humana, aplastó la suela de su zapato derecho contra el pedal del acelerador. Sirva esto al lector como evidencia de las proezas y epopeyas, por imposibles que estas parezcan, que una madre está dispuesta a cometer por su crío. ¡Baje la cabeza Paba, no la suba hasta que yo le diga! era lo que mi madre intentaba decirle al todero mientras un mar de balas inundaba el interior del vehículo. Cada una de ellas traía el olor fétido del Miedo, que se quedó impregnado en las memorias de los tres pasajeros del vehículo: mi madre, Paba y mi pequeñísima hermanita, quien aun no nacía.

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Lograron escapar ilesos de los hombres y de las balas pero no del Miedo que arrinconó a mi madre contra del volante. Ella lloraba, mientras murmuraba Me va a matar, mi esposo me va a matar. Quizá era el mismo Miedo que no la dejaba apreciar la ironía con la que sus palabras eran musitadas, pues, después de todo, acababa de salir intacta de un atentado terrorista. El Miedo le impedía advertir lo que acababa de ocurrir: ella y mi hermana, las dos mujeres más importantes para mí, se encontraban con vida. A esto es a lo que llamo un Milagro.