Con la patente del corazón vencida
Transito entre los cadáveres buscándote mi amor
Y no te encuentro
Mujer de mi Mala Suerte, Facundo Cabral
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| Foto tomada de www.modelmayhem.com |
No fue algo con lo que nació. Lo aprendió a lo largo de su infancia, mientras veía a su madre y a sus tías lanzar la caña, con la carnada atada en la punta. Nunca pasaba más de media hora sin que alguna presa, por poco interesante que fuera ésta, cayera.
Aprendió el baile hacia los cuatro años de edad. Es completamente necesario para poder cazar, le había dicho su tía Nena, la que más éxito tenía. Además, es muy fácil: contoneas tus caderas así, caminas de un lado a otros y estiras tus manos para tocarte el cuello, le indicaba mientras la piel negra de su escote relucía bajo la resolana del atardecer.
La chiquilla repetía los movimientos de sus matronas, al tiempo en que se convertía en una toda una señorita. Violeta será la cazadora perfecta, repetían una y otra vez las doñas, nuestra colección crecerá tanto como queramos.
Lo que la pequeña Violeta no entendía, era lo que venía después de la caza. ¿Para qué traían a esos hombres a casa? ¿De qué servían encogidos en esas ciudades diminutas que sus tías con tanto empeño cuidaban? El ritual parecía tan sagrado, que nunca se atrevió a formular estas preguntas, quizá por miedo a ser tildada de hereje, o por simple respeto a su familia.
No le era permitido hablar con los hombres. Ella los veía entrar, algunos tan altos que debían bajar la cabeza para poder pasar por la puerta, algunos de menor estatura, algunos muy gordos y otros muy flacos, algunos calvos, otros peludos, unos blancos y otros mulatos o negros. Ella se asomaba por las grietas de las paredes y veía lo que ocurría. Los despojaban de sus ropas y sus pertenencias, les daban de comer y los acostaban en el suelo. De repente, el grito, el humo, la luz y luego, el silencio sepulcral. El ritual había terminado. El hombre había sido convertido en una figurilla más, que decoraría la diminuta ciudad de sus tías.
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El día de su iniciación, Violeta se sintió nerviosa. No se encontraba segura de poder hacerlo tan bien como sus matronas, y lo último que quería era decepcionarlas. ¿Y qué si no traía de regreso un hombre? Era lo único que podía preguntarse mientras se alistaba. Violeta, es hora de irnos, ¿estás lista?, llamaron desde la cocina. Su vestido era perfecto. Dio una última mirada rápida al espejo y salió.
En la cocina encontró a su tía Nena junto con las demás. En el centro de la mesa había un tocado amarillo para la cabeza. Como era tradición, todas llevaban uno. Su madre la coronó y le dio un beso en la frente, mientras las demás aullaban felicitaciones, recomendaciones y consejos. Violeta estaba aturdida. Caminaba porque así sus tías lo indicaban, seguía a la manada, pero su seguridad había quedado guardada en su armario, junto con su demás ropa.
Llegaron al muelle justo cuando el primer barco de la tarde anclaba. Lo vieron hacerse más y más grande a medida que se acercaba. Abrieron las compuertas y miles de hombres bajaron. Todos miraban a las mujeres coquetas que contoneaban sus pieles negras de un lado al otro. Violeta permaneció inmóvil, un poco alejada de las demás. A sus espaldas sintió la respiración pesada de uno de los marinos y, al voltear, se encontró con un par de ojos grandes y negros que le estremecieron hasta su última fibra. ¿Cómo te llamas?, preguntó el desconocido. Violeta, respondió la joven sin titubear. Enseguida recordó el segundo de los mandamientos de las matronas: Nunca darás tu verdadero nombre.
Él se llamaba Ignacio y venía del continente. La invitó a tomar una copa a la taberna de la plaza central. Al llegar supo lo que sus tías querían decir cuando repetían que el talento se lleva en la sangre, mija, tú sólo déjate llevar. Contempló cada uno de sus movimientos como si se hubiera desdoblado y se pudiera observar desde arriba. El hombro de su blusa ligeramente caído, la mano en el cuello, su mirada repentina y fugaz a los labios de Ignacio, su risa descarada.
A la tercera copa el marino le hizo la invitación. Irían a ver las estrellas desde la popa del buque. Era luna llena, y con seguridad podrían observar con tranquilidad la magnífica noche. Violeta no hesitó ni un segundo, la sola idea de contemplar la inmensidad del cielo le atraía tanto, que poco le importó la mirada furiosa de sus tías, cada una ocupada con un hombre diferente, y los labios de su madre recordándole a lo lejos el tercero de los mandamientos de las matronas: No aceptarás invitaciones para salir de la taberna.
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Al llegar al buque Ignacio le hizo quitar sus zapatos y su tocado. Le ofreció galletas de miel, unas botanas de textura arenosa, traídas del continente, con té inglés, otra novedad para la isleña. Hablaron un momento de la vida en altamar, de cómo los días pasaban, sin tener más que hacer sino mirar al cielo, ora nublado, ora estrellado. Con el rabillo del ojo, Violeta adivinaba la mirada de Ignacio fija en ella, sin siquiera pestañear. Había algo en él que le parecía familiar, que la hacía confiar, como si lo conociera de toda la vida. Sentía una extraña sensación en su interior, como si centenares de mariposas revolotearan por todo su cuerpo, consumiéndola por dentro, y dejándole apenas la energía necesaria para hablarle a ese marino de ojos oscuros.
Sintió pasos a sus espaldas, y pronto reconoció el inconfundible taconeo flamenco de sus tías. De repente, el grito, el humo, la luz y luego, el silencio sepulcral. Vio, por primera vez en su vida, cómo un hombre era convertido en una estatuilla diminuta delante de sus ojos llenos de lágrimas.
Con Ignacio era diferente, fue lo único que le dijo a su madre, visiblemente alterada. Violeta, respondió su tía Nena con voz severa, ¿recuerdas el primero de los mandamientos de las matronas? La joven asintió en silencio. Calzó sus zapatillas y acomodó el tocado en su cabeza. ¿Cómo no recordar el primero de los mandamientos? Miró la palma de su mano, en donde lo había anotado para no olvidar en ningún momento la premisa más importante de todas: Primer mandamiento de las matronas: No te enamorarás.
