Recorriendo Nuestros Pasos


Mi madre me preguntó, al ver el grueso libro sobre mi mesita de noche por tres días consecutivos sin que éste cambiara de posición, si había decidido abandonar su lectura. No, le respondí, lo voy a terminar, no porque me guste, sino por orgullo.

No fue sino hasta los últimos capítulos del libro que decidí que no me gustaba lo que estaba leyendo, lo que había leído durante casi todo un mes. No es por que el autor, entre renglones, intente justificar el uso de la bomba atómica en la segunda guerra mundial, ni porque tome a Mc Donalds como un estandarte corporativo y un modelo a seguir (de hecho, desde un punto organizacional esta empresa lo es). Es porque, si no soporto a una persona prepotente en carne y hueso, frente a mí, sí que menos la soporto sobre papel, en donde no tengo manera de callarla porque simplemente no puedo dejar de leer (he ahí la cuestión de orgullo).

No digo que James C. Davis no haya escrito un gran ejemplar, por lo contrario, creo que su empresa, la de escribir la historia de la humanidad, es en verdad majestuosa. Tampoco digo que la lectura haya sido tortuosa, ni que nada me haya dejado; de hecho, es quizá uno de los libros de los que más he aprendido. Digo, sin culpar al autor, que su nacionalismo brota a flor de piel, y esto lo plasma inevitablemente en una que otra frase que coloca con cautela cada cien o ciento cincuenta páginas. Esta frase punzante logra opacar la majestuosidad de las acaso cientos de frases que había leído horas atrás y, desafortunadamente, hace que mi humilde calificación final de la obra completa no pase de ser “aceptable”.

Me encantaría que me refutaran pero, para hacerlo, primero deben leer el libro. Receto entonces, como los doctores, una lectura minuciosa y crítica de La Increíble Historia de la Humanidad por James C. Davis. Disfrútenlo.