El día que compré el libro, iba acompañada de alguien que, para mi sorpresa, sabía bastante de literatura. Digo para mi sorpresa porque no es común encontrar entre ingenieros a alguien que sea capaz de disfrutar un buen libro, y menos aún de criticarlo. Pareció asombrado ante el título que escogí: Orejas de Pescado por Marta Orrantia. Le expliqué las ventajas que traía leer libros de autores no muy conocidos, o, como en mi círculo más próximo los llamamos, gatos.
En primer lugar, si resulta que el libro no fue de mi completo agrado, puedo despotricar de su contenido sin que algún literato erudito me fulmine con la mirada (haga el experimento: hable mal de Shakespeare o Joyce en un simposio inglés). Como segunda medida, supongo que agradeceré profundamente, si es que algún día llego a escribir y publicar un libro, a aquéllos buenos cristianos que, al ver mi publicación al lado de la de algún muy posicionado escritor, decidan aventurarse y llevarse el libro de una gata.
Ahora sí, let’s talk money. Tras leer los primeros acápites del libro formé una primera impresión que, como casi todas las primeras impresiones, resultó indeleble a mi mente. Demasiado sexo, demasiado alcohol, demasiadas drogas. Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura, la historia me iba envolviendo y su estructura cautivando. Me vi entonces sumergida en la locura de las vidas de este grupo de amigos, reunidos después de algún tiempo por cuenta del suicidio de uno de ellos. Es un libro corto, fácil de leer y compuesto de entradas breves enfocadas en cada uno de los personajes. No aprendí mucho, no desvelé ninguna verdad trascendental, pero hizo muy amenas mis tardes de desparche; tardes que, ahora entre el trabajo y la universidad, empiezo a extrañar. En últimas, si usted se toma el tiempo para leer a la humilde gata que escribe este blog, podría también tomarse el tiempo de leer Orejas de Pescado de Marta Orrantia.
