Metamorfosis Citadina


Y tú, ciudad descarada, me absorbes.



Esa mañana fue diferente. Te despertaste más temprano que siempre, altanero, maldiciendo el nuevo día que te obligaba a separar las cobijas tibias de tu adormecido cuerpo, incorporarte y hacerle frente a un frío insolente que te subía por las piernas como corrientazos eléctricos. No desayunaste porque, a pesar de lo temprano que era, ya ibas retrasado para la inamovible cita con tu destino. Tomaste una ducha rápida y te vestiste con lo primero que encontraste, haciendo caso omiso a las recomendaciones de tu madre acerca de la pulcritud en la apariencia personal. Abriste la puerta de tu pequeño apartamento y desde ese preciso momento creíste haber entrado a una dimensión desconocida en la que te sentías inseguro, desnudo y a la deriva. 

Hacía seis meses no abandonabas tu casa. El portero de tu edificio, que ya llevaba alrededor de siete semanas trabajando allí, te miró con asombro. No recordaba tu rostro, como era de suponerse, porque nunca lo había visto. Lo único que sabía del apartamento trescientos seis era que una vez a la semana tu madre llegaba cargada con bolsas de mercado, abría la puerta y desaparecía hasta las cinco de la tarde cuando salía con aire cansado y con la sonrisa de su rostro desdibujada. 

Saliste con la frente en alto. La luz del día se asomaba temerosa por entre los edificios que veías de lejos a través de tus gafas empañadas. El frío de la mañana esta vez te reconfortó y dejaste que te recorriera el cuerpo sin resistencia. Caminaste despacio porque te encontrabas demasiado ocupado observando los cambios que la ciudad había sufrido durante toda tu temporada de encierro. El árbol de la esquina de tu edificio había sido reemplazado por unos arbustos deshojados, la construcción del centro comercial de la avenida estaba casi terminada, la calzada más ahuecada del barrio había sido arreglada, mientras que la menos deteriorada era ahora atravesada por surcos en donde se empozaba el agua, y la baranda del puente peatonal que cruzaba el ferrocarril había sido pintada. 

Llegaste al café de la esquina, en donde te había citado. Ella entró a los pocos minutos de tu llegada. La viste y enseguida notaste que la ciudad no era lo único que había cambiado durante los meses de encierro. Ella, más delgada que de costumbre, ostentando un maquillaje pesado, unos tacones de seis centímetros y medio, un vestido ceñido al cuerpo, el cabello rubio tinturado y unas gafas de sol, entró invocando las miradas lujuriosas de los meseros. Hola Anto, la oíste decir con una voz dulzona y fingida. Hola, le disparaste, te ves diferente. 

Saliste de ese lugar sin el gran peso con el que habías entrado sobre tus hombros, tanto así, que te sentías levitar por las calles citadinas. Ella no era la mujer de la que te habías enamorado. A los pocos pasos te diste cuenta que ni ella ni la ciudad te pertenecían más. Eras libre.