a veces
como condimento
conviene ponerle a la sopa
un pecado
con quien menos se lo espera.
José María Zonta
Hace ya varios años un amigo me regaló la versión de lujo en inglés de La Divina Comedia de Dante Alighieri. El ejemplar es imponente y hermoso: pasta en cuero grabada con inscripciones doradas, hojas con bordes resplandecientes, cintica separadora cosida al grueso lomo e ilustraciones en cada uno de los cantos. Mientras rasgaba el papel que lo envolvía y leía el título, en lo único que podía pensar era en cuán poco me importaba si en efecto se trataba de una comedia o no, el caso es que la publicación, divina sí era.
En ese momento intenté sumergirme en el infierno, que es la primera sección de la historia, pero el libro tenía otros planes. Me pareció una escritura hermética, en parte por el estilo antiguo utilizado por el autor y en parte por el idioma en que leía.
Hoy, casi cinco años después me aventuro de nuevo a leerlo, esperando esta vez ser capaz de franquearlo y llegar finalmente al cielo. Pero debo advertirlo: si ese libro llegase a ser más que una simple historia fantástica y alcanzase a tener un ápice de realidad, no creo poder superar siquiera el segundo círculo del infierno.
Éste es el paraje en donde son condenados a una vida eterna de infelicidad los que se atrevieron a pecar por amor, aquellos que se dejaron llevar por las pasiones más humanas, que sucumbieron a las garras del placer y que alcanzaron a matar y morir amando. Dido, Cleopatra, Helena de Troya, Tristán y Aquiles son algunas pobres ánimas (a algunos creíamos héroes) que son arrastradas por el torbellino caótico que describe Dante.
Surge entonces un interrogante a medida que leo. ¿Para qué Minos (quien juzga y preside a las almas lujuriosas) se toma tanta molestia? Cuando recuerdo las historias de los que nombré encuentro un factor en común, una escena cuya esencia, si bien varía en los pequeños detalles entre las versiones, es la misma: sus amores fueron tormentosos, tanto así que llevaron a más de uno a preferir la muerte.
Bien podrían mandarlos derechito al cielo, o por lo menos al purgatorio porque, al fin y al cabo, el verdadero infierno lo experimentaron en vida, mientras sufrían las borrascas amorosas de las que fueron víctimas.
Entre mis amigos tengo a más de uno que ha pasado por ahí, por ese infierno del desamor, algunos con mayor intensidad que otros. Y yo, bueno, digamos que he estado ad portas. Deje así.
Gracias a Dante estoy en una encrucijada de aquellas. ¿Sufro el segundo círculo del infierno ahora? ¿O espero a estar muerta e incinerada? No tardo en caer en la cuenta de mi error: yo, como la buena ingenua que soy, aún creo que la decisión es potestad mía. Esas cosas llegan como un aguacero en una tarde bogotana, es decir sin avisar ni hacer bulla. Cuando menos lo piense estaré perdidamente enamorada e inevitablemente condenada y a la merced de Minos. Ojalá sea pronto.
