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| Foto por George Henton (Scousemouse2000) |
Las iguanas que se atraviesan en el camino y los cóndores que vuelan bajo le indican a Aura que se acerca a aquel pueblo al que juró nunca más volver. Los reflejos del sol sobre el asfalto de la carretera son sólo un leve indicio del calor sofocante que le espera tan pronto abra la puertecilla de su automóvil. Teme al calor, al sol abrasador, al paisaje árido, a la falta de árboles que la provean de sombra y a los recuerdos que continúan hiriendo insolentes su pecho. Piensa en cuán equivocado estaba quien llegó a afirmar que la memoria selecciona con prelación los buenos recuerdos sobre los malos. Una especie de mecanismo de defensa, había leído. Vaya gazapo.
Como si el destino no tuviera más tareas de las que ocuparse aparte de herirla con pequeños detalles (insignificantes bajo circunstancias diferentes) en la radio empieza la melodiosa voz de Gardel a entonar Volver, uno de sus mejores tangos. Tengo miedo el encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida, canta. Una sola lágrima se le escapa a Aura de su ojo izquierdo, le recorre el pómulo, la mejilla y cae sobre el asiento gris, dejando un único punto oscuro, como si hubiera sido hecho con la misma tinta negra que nubla su memoria.
A lo lejos se divisan los primeros techos, tan destartalados como los recordaba. Pronto nota que nada ha cambiado y se asusta al no saber cómo reaccionar ante la imperturbable escena. Como una película pausada hace diez años, observa impávida a la mujer que vende quesos en el diminuto quiosco al lado de su casa, al mulato que carga en hombros periódicos viejos, a los niños jugando con la arena de la cuneta de la carretera, al pescador que sacude su red en la escalerilla de la tienda veterinaria y finalmente, al horizonte, el puente amarillo que marca la entrada a su pasado.
Pero el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar, continúa Gardel. Aura apaga la radio, frustrada por el dolor que causa en su pecho cada una de las palabras entonadas. Ha conducido menos de dos minutos desde que entró al pueblo y ya se encuentra en el centro. ¿Me puede indicar cómo llegar al hotel? Le había pedido a la recepcionista que tomó su reservación el día anterior por teléfono. Era inútil su pregunta, Aura hubiera podido llegar a ese lugar desde cualquier lugar del globo terráqueo con los ojos vendados, coja y dotada de un par de muletas con rodachinas. En menos de tres minutos había recorrido de extremo a extremo el diminuto pueblo y se encontraba frente a una muchacha mulata que le preguntaba si había encontrado el hotel con facilidad, si traía acompañantes o si le ayudaba con el equipaje. No era necesario, traía únicamente una mochila pequeña. No planeaba quedarse mucho tiempo, sólo el suficiente para finiquitar un sólo negocio inconcluso que databa de hacía diez años, cinco meses y veintidós días.
Subió las escaleras, siempre guiada por la chiquilla de sonrisa amplia. Amelia, me llamo, cualquier cosa que necesite no es sino que me lo diga. No tenemos muchos visitantes aquí, así que no se preocupe por molestarme, me encuentro a su disposición. ¿Le gusta el café? Lo preparé hace menos de cinco minutos, algo me dijo que usted estaría por llegar. ¿Viene de lejos? Se le ve muy cansada. Si lo prefiere le preparo un té, o le traigo unos emplastos para las bolsas que tiene debajo de sus ojos, son muy efectivos.
No perdería tiempo colocándose emplastos sobre los ojos, ni contemplando el paisaje por la ventana mientras saborea una taza humeante de té. Depositaría su equipaje, comería algo y se dirigiría al 36 de la calle Monje. Luego, sin importar el resultado de su visita, retornaría al hotel donde pasaría la noche, para luego partir tan pronto cantaran los gallos a la mañana siguiente. Sólo quizá bebería primero una taza del café que Amelia acababa de preparar. Olía muy bien.
Acomodó su mochila en el armario que se encontraba al lado derecho de la ventana por la que entraba un sol inclemente. Lo cerró y dio tres vueltas a la llave que luego se llevó al bolsillo. Salió de la habitación sin contemplar el cuadro que mostraba la indescifrable expresión de un chiquillo que jugaba con un par de naranjas magulladas, ni la manta floreada que cubría la cama color caoba y medio destartalada, ni la cómoda junto al baño con seis bombillos que alumbraban con su luz amarillenta a un espejo resquebrajado en tres de sus cuatro puntas. Bajó las escaleras y se adentró en la cocina siguiendo el aroma del café. Inconfundible, era grano de la sierra, recién molido y preparado en cafetera de émbolo; quién hubiera pensado que en un lugar tan remoto se vería tal sofisticación en lo que a café se refiere. Tomó una taza y luego comió un frugal plato de lentejas con arroz. Sólo lo necesario para que no se le ahuecara el estómago del hambre.
Cuando salió del hotel ya empezaba a caer la tarde, aunque el calor seguía siendo insoportable. Su plan original incluía caminar hasta la calle Monje, pero pronto concluyó que no resistiría siquiera cien metros respirando ese aire caliente y en ocasiones maloliente. Así que se subió al auto y condujo hasta llegar a una casa de rejas negras que se erigía en medio de una calle sin árboles por las que los transeúntes caminaban y los perros orinaban. Se parqueó frente a la reja, contuvo su respiración por algunos segundos y luego rompió en llanto. Aura se preguntaba por qué Él había escogido éste, de todos los lugares del mundo, para esconderse. ¿Acaso lo hacía para hacerle daño? Sabía muy bien cuán dolorosos eran para ella ese pueblo perdido en el calor del desierto, esa gente sudorosa y esos recuerdos punzantes. Habías prometido no llorar, se recuerda una y otra vez. Se seca las lágrimas con la punta de su falda, se la acomoda y se apea del vehículo. Es la única casa bonita que queda en esta sucursal del infierno, pensó, mientras acercaba su mano al timbre.
Él salió de la casa cuando Aura aún no había hecho sonar la campaña. ¿Qué te ha tomado tanto tiempo? Te extrañé demasiado, ahora sí estoy seguro de querer Volver. Ella no pudo musitar palabra. Abrió el baúl del auto en donde guardó el equipaje que Él traía y encendió el motor. Condujo con calma. Pasó por el frente del hotel donde Amelia, sentada en una mecedora de mimbre, la vio pasar. Aura no se detuvo, aunque el peso de la llave en su bolsillo le recordaba constantemente que su mochila se encontraba en el segundo cajón del armario del cuarto principal de huéspedes. No importaba. Todo lo que había en su interior era un revólver con el que tenía planeado asesinar al que ahora volvía con ella a la vida real, lejos de las pesadillas del pasado.
Ahora sí vamos a volver para nunca más mirar atrás, le dijo Él a Aura mientras encendía la radio. Gardel aún entonaba su tango: y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve a su primer amor…
