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| Foto por Marc Sperling |
Las casas blancas y relucientes de la playa de Mykonos, con los marcos azules en sus puertas y ventanas, hicieron que olvidara todo acerca del mareo al que estaba a punto de sucumbir. A medida que nos acercábamos adivinábamos las caras bronceadas de dos griegos corpulentos que nos esperaban para anclar el velero. Viajábamos con poca ropa, con poca comida y sobre todo, con poco dinero. Lo único que podíamos hacer ante la incertidumbre de nuestro futuro era contemplar el atardecer desde la playa, sin preocupaciones y orar al cielo por una invitación a comer de algún hospitalario habitante de la isla.
Llegan justo a tiempo, al parecer va a llover, señaló Costas, un griego de mirada profunda y rostro bonachón. Marc dio una mirada desconcertada al cielo despejado, no había indicio alguno de lluvia, a pesar de la rápida caída de la tarde. Segundos después sentí una gota en mi mano y al cabo de cinco minutos el cielo azul con blanco de las Cícladas quedó cubierto por una capa gris de la que caían gruesas gotas. Bienvenidos a Mykonos, sonrió de nuevo Costas, haciendo alarde de su increíble atino meteorológico. Al parecer llovería toda la noche, así que cuando nuestro guía nos ofreció una invitación a su casa para cenar no dudamos en aceptarla. Nuestras oraciones habían sido escuchadas.
La casa de Costas era, como todas las de la isla, blanca con marcos azules. Flores amarillas colgaban desde lo alto de un balcón de donde se asomaron dos chiquillos curiosos a ver la llegada de los invitados. Son mis sobrinos, Aetos y Nerea, indicó Costas. Subimos las escaleras de entrada y no bien hubimos llegado, una lánguida mujer de piel clara y mirada melancólica nos abrió la puerta principal. Ella es Alena, mi esposa. El rostro de Alena, casi inexpresivo, no reprochó en ningún momento nuestra presencia y su marido no se molestó en explicarla. Al parecer se encontraba acostumbrada a recibir visitas los domingos de desembarco, porque la mesa ya se encontraba dispuesta para seis.
Nerea bajó las escaleras que comunicaban la sala, el comedor y la cocina con lo que intuía sería el resto de la casa. La seguían algunos pasos atrás Aetos y su gato. Vinieron hasta la sala donde nos encontrábamos sentados alrededor de una mesita de centro color caoba con tazas de café humeantes. Los ojos de Nerea, negros y enormes, casi desorbitados, se fijaron en mí, pero su boca permaneció sellada. Aetos, ven aquí, siéntate con nosotros. Nerea, anda a ayudar con las labores, les ordenó su tío. Apenada por la situación, dirigí una mirada furtiva a la niña anunciando que yo también ayudaría en la cocina, ofrecimiento que Marc secundó, antes de ser detenido por Costas: es deber de mujeres, arguyó.
Seguí a Nerea hasta la cocina, descompuesta por la respuesta de Costas ante el ofrecimiento de Marc. Alena se encontraba de espaldas a la puerta, erguida en puntas de pié intentando alcanzar un recipiente de cristal. Tía Alena, ¿en qué te ayudo? preguntó Nerea con una voz ronca y seca que jamás hubiera relacionado con la dulce expresión de su rostro. Sorprendida, Alena dejó caer el recipiente que estuvo a punto de chocar con las baldosas del piso, de no haber sido por la agilidad de la pequeña Nerea quien lo alcanzó justo a tiempo. ¡Gracias al cielo! susurró, ¡tío Costas nos hubiera matado! Alena contorsionó su rostro en un gesto de terror que disipó con rapidez al percatarse de mi presencia en la cocina. Llevaba un vestido de mangas cortas y se cubría con un chal azul cielo que apenas dejaba entrever los moretones y hematomas que marcaban sus antebrazos.
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Continuará
