
Dígase en voz alta la frase Antes de que la semana se acabe tendrá noticias mías, y se verá qué fácil es inocularle una gota de insidioso temor, el olor pútrido del miedo, la autoritaria vibración del fantasma del padre.
Fragmento de Ensayo Sobre la Lucidez, Maestro José Saramago.
En uno de esos sofás que se forran con una sábana para que la gente duerma en ellos. En uno de esos me senté, libro en mano (Las Pequeñas Memorias del gran José Saramago). Mientras leía me dejaba llevar a las ahora lejanas tierras de Portugal, y, sin saber si era sueño o simple encanto, mis ojos se iban cerrando hasta quedar envuelta en el más profundo de los negros.
Las voces llegaron después como un murmullo ininteligible. Se mezclaban en mi cabeza, y tal como mi cabello por las mañanas, me resultaba imposible desenredar la madeja de sílabas emitidas. Esas voces, al igual que la tuya, no querían ser escuchadas.
Vociferaste mi nombre. Ojos de dragón medieval escupe fuego. Primera estocada: sangré miedo. Intenté defenderme, y tú me dejaste. ¿Lo disfrutaste? Sabías que por más que intentara, mi capacidad de defensa era un pálido reflejo al lado de tu poder hiriente. Me incorporé. Te lancé lo mejor que tenía mirándote a los ojos. Ojos de niño perdido. Cobarde. No es más sino un rasguño. Seguí hasta abrir una herida por la que sangrabas profusamente. Cobarde.
Nunca voy a pedirte perdón. Caigo al piso y me pateas en la cabeza. Ojos de cielo en tormenta. Segunda estocada: mis pensamientos salen de mi cuerpo cobrando la forma de lágrimas y sangre. No supe incorporarme.
He llegado a querer morir. ¿Cuál pretendes que sea mi respuesta? Ojos de mar enardecido. Silencio. Estocada final: caigo muerta. Qué final tan irónico, al fin y al cabo, eras tú quien deseaba terminar sin vida.
Vuelvo a caer en el negro de la noche. Mi cadáver yace sobre ese sofá, el azul. Veo tus ojos desde el techo. ¿Te arrepientes? Tú también lloras, pero ahora no te creo. Tanto dolor que quema. Tanto dolor que ahoga. Tanto dolor que mata. Sigo sin creerte, cobarde. ¿Dónde están ahora tus ojos de niño perdido? Cobarde. Te perdono.