Musa, ¿dónde estás?



A veces la inspiración es como una montaña
de papeles, tan imposible de ignorar como
de organizar.
Juan Luis Roldán


Culpo a la rutina. La llevaré a juicio, un juicio cuyo final ya conozco porque seré yo quien lo presida. Los cargos imputados: desaparición forzosa de mi Musa. Hace más de una semana no se aparece ni en las noches de insomnio, ni luego de algún periplo quijotesco. Debo hallar al culpable.

Tengo la plena certeza de no contar con la más exigua culpa en la cuestión. Esta vez (y apuesto doble contra sencillo) no fue una pérdida producto de mi recurrente falta de atención, como la de mi celular, que ya varios conocen, o la de mis gafas.

Aunque el misterio dista de ser meritorio de una publicación de Agatha Christie, me rehúso a quedarme de brazos cruzados sin hacer nada para que mi Amada vuelva a mí. Doy comienzo entonces al ritual de invocación. Ya todo se encuentra dispuesto: Totó al mando de la batuta, Saramago como maestro de obra, fotos viejas, regalos de antaño y cartas de tiempo atrás. Pero Ella no regresa. Preocupada, tomo lápiz y papel y me obligo a escribir un par de frases escuetas. Tiene más futuro una gallina en Haití que las barrabasadas plasmadas sobre esa hoja.

No entiendo qué pudo haber ocurrido. Hace dos semanas me era imposible detenerme al escribir. Encontraba la inspiración hasta en Transmilenio, en-san-du-cha-da entre la multitud. De repente el afán por llegar a la parada de destino se me agazapaba entre pecho y espalda y me provocaba salir corriendo. La necesidad crecía y debía encontrar en la mayor brevedad posible algún lugar que me brindara el refugio y propiciara la poquita concentración que me hacía falta para expulsar el tumulto de palabras que ya no podía sostener entre dedos.

Pero de cierto tiempo para acá las novedades se han ido convirtiendo en cotidianidad y las sorpresas en automatismo. Los escritos, torpes ellos, no fluyen con la facilidad de antes, y el resultado no me satisface del todo. Ay Musa, reaparece que me estoy enloqueciendo. Susúrrame al oído y dale a la noche la magia de antes, a la mañana el afán de la escritura y a mi lápiz la vida perdida. Te lo ruego.