¿Fe de Erratas o Fe de Ratas?


“Si me perdonas y me das otra oportunidad, amor
Prometo escribirte una canción diciendo que ahora acepto la derrota
Pero sólo si me perdonas”
Sólo Si Me Perdonas – Enrique Búnbury

“Mi mala memoria, lejos de ser un defecto, hace parte de mi instinto de supervivencia”
Mío

Hace un par de semanas la electricidad falló en mi casa. Quedé a oscuras en mi cuarto. Me asomé por la ventana para cerciorarme que la falta de luz no fuera sólo en mi apartamento a causa de un daño interno. La cuadra entera, menos el edificio blanco de ventanales azules diagonal al mío, que cuenta con una planta eléctrica, estaba bañada de negro.

Eran las 6.30 de la tarde y anochecía rápido. Me levanté de mi cama y di algunas vueltas por la sala mientras tenía una conversación conmigo misma acerca de algún tema que ya no recuerdo con exactitud. Llamé a mi hermanita, a mi mamá y a mi mejor amiga y me volví a meter en las cobijas.

Analicé mis posibilidades: estaba demasiado oscuro para leer o escribir a mano, y mi computador, que ya sufre de demencia senil, no aguanta ni diez minutos sin estar conectado a un tomacorriente, vaya computador portátil. En resumen, no me quedaba sino mirar hacia el techo y esperar a que se reincorporara la electricidad.

Debo confesarlo, no soy una persona que se quede pensando en las cosas, en estado de contemplación, sin distracción alguna. Me despierto por las mañanas, y, suponiendo que sea domingo, por ejemplo, y que no tenga una agenda agitada, lo primero que hago es asomarme a la puerta para ver si el periódico ya fue deslizado por debajo y hacer el crucigrama. Bueno, en ocasiones sólo intentarlo.

Leo, escribo, escucho música, toco guitarra o veo televisión. En esta época mundialista no hay partido que me pierda y aún peor si es temporada del Roland Garros. Mejor dicho, soy una persona cuya vida, como muchas más out there, gira en torno a la electricidad sin siquiera caer en la cuenta de ello.

No me gusta quedarme pensando así como así. Hay recuerdos que no quisiera traer a la mente, y que se empecinan en aparecer en la forma de personas, lugares y olores. Me encuentro, de repente, haciendo un recuento minucioso de las situaciones más embarazosas y tristes que he vivido. Empiezo a recorrer cada uno de mis gestos y cada una de las palabras ya dichas, irreversibles, y pienso en qué hubiera podido hacer diferente. Qué hubiera dicho, o qué hubiera dejado de decir. Y después llega el temido arrepentimiento que tanto evado bajo la máxima “lo hecho, hecho está”.

Lo cierto es que esos momentos de terrible oscuridad me ayudan, no a arrepentirme, sino a reconocer mis culpas. Fe de Erratas, como lo llaman algunos, con la diferencia de no estar rectificando errores escritos y publicados, sino dichos, hechos y omitidos. Recuerdo entonces que a más de uno le debo una disculpa, pero que además, más de uno me debe una disculpa a mí.

Media hora, o una hora, o dos horas después la falla eléctrica es reparada. Lo único que pienso es que debo buscar, haciendo uso de Internet, por supuesto, el nombre de un poeta brasilero nacido un día como hoy en el año de 1950. No he terminado el crucigrama.