Encontré mi Nicho - Parte I



Hijo de tigre, sale pinta’o

y de tal palo, tal astilla


Mis padres se desempeñan en el área de la salud. Mi papá es radiólogo y mi mamá ortodoncista. Es natural que desde muy pequeña dientes, úteros, frenillos, ecografías y mamografías se paseen por mi cabeza como almas en pena. Desde que tengo uso de razón, la jerga médica se ha hecho presente en mi cotidianidad, y claro testimonio de esto lo puede dar mi profesora de primero de primaria ya que apuesto lo que sea a que recuerda un episodio de toda una serie de estos que, de una u otra manera, han marcado quien soy, quien seré.


3 de diciembre de 1998 –

Debido a indisciplina y conducta fomentadora de desorden, mi profesora decide cambiar mi pupitre al lado de uno de los niños más tímidos y callados de la clase, segura de que con él no seré capaz de cruzar palabra. Después de un furtivo examen de la fisionomía de mi nuevo compañerito, me paré del nuevo puesto asignado y me planté frente la profesora para alegarle que no me quería sentar al lado de un niño que presentaba, además de una clase tres dental y un apiñamiento de sus incisivos inferiores, una severa halitosis que no me dejaba concentrar para colorear el osito de la tarjeta del día del médico que le iba a regalar a mi papá. El famoso refrán de confunde y reinarás no pudo ser desmentido en esa ocasión. La maestra no tuvo más remedio que sentarme al lado de una de mis mejores amigas: misión cumplida.


31 de octubre de 1995 –

Dos brujas, una momia, tres princesas, un pirata y una doctora. Salimos desde mi casa a tocar las puertas vecinas cantando y suplicando por los causantes de un dolor de estómago monstruoso, repetido año tras año. Después de horas realizando esta ardua labor, recogemos los frutos de nuestro esfuerzo: dulces suficientes como para causar un coma diabético, cuerdas vocales brutalmente inflamadas, la bata nueva de mi padre que llevaba puesta manchada de azul (nunca supe porqué de ese color), y una rodilla raspada.

Fuimos al parque del conjunto. Todos, sentados en círculo, empezamos a vaciar muestras calabazas de plástico y a contar cuántos dulces habíamos recibido. Aunque la cantidad no era nada despreciable, enseguida noté que yo tenía bastante menos que mis amigos.

Consideré mis posibilidades: había sido saqueada por un pirata o hechizada por dos brujas. Justo cuando estaba dispuesta a lanzar acusaciones, una de las princesas me da la verdadera razón: mi disfraz era el más aburrido de todos.

Esa noche subí a mi apartamento con una sonrisa enorme dibujada en mi rostro, convencida de ser incomprendida por una banda de niñitos disfrazados. Yo era una médica, y con muchos dulces además. Era la mejor.


8 de marzo de 1998 –

El afán por saber qué va a ser de mi vida se presenta por primera vez. Culpo a mi profesor. A tan solo diez años de edad me enfrentan con la pregunta más desalmada de todas: ¿qué quieres ser cuando grande? No comprendía, ¿acaso debía cambiar de especie? ¿Cómo así que qué quiero ser? Pues lo que he venido siendo hasta ahora, ¡una persona!

Gracias al cielo, la crisis no duró mucho. El maestro que dirigía la actividad me lo explicó: todas las personas deben escoger una profesión o un trabajo, para ganar dinero y poder vivir. Qué tonto, pensé, nadie vive de dinero y eso todos lo saben. Yo misma había hecho el experimento hacía varios años atrás de comerme una moneda. El resultado fue un regaño sin precedentes de mi padre y un dolor de garganta que duró casi un mes.

Obedecí, no sin hacer una cantidad de preguntas. Empecé a mirar a mi alrededor. Tenía pequeños prospectos de astronautas, bailarinas, cantantes, modelos, cocineros, bomberos, policías y hasta un presidente. A estas alturas, creo que usted, señor lector, conoce perfectamente lo que yo dibujé en mi papel ya arrugado de tanto moverme. Y no, no se equivoca. Dibujé una doctora.


1 de agosto de 1996 –

Mi padre me había dicho que no por quinta vez. No tenía más remedio. Había visto miles de películas en las que los delincuentes se salen con la suya por un periodo de tiempo definido (después los policías llegaban, los atrapaban, y ganaban los buenos). Un día era más que suficiente, después pagaría mi pena.

El estetoscopio (ese era el nombre que le daban algunos que se empeñaban en hablarme en difícil al collar que se colocaba mi padre todas las mañanas para oír el corazón de sus pacientes) estaba colgado del solterón. Los tapabocas y guantes de látex de mi madre encima de la mesita de noche. Lo tenía todo calculado. Rezaba a Dios por que el perro no pasara y se echara sobre mi vía de escape, eso lo arruinaría todo. Luego recordé: mis padres no habían querido regalarme nunca un perro a causa de los intensos cuadros de alergia que presentaba. Era cuestión de esperar mi señal.

De pronto sonó: el ronquido casi inaudible de la ruta del colegio. Me paro, tomo un par de guantes, un tapabocas, y lo más importante, el collar. Me despido dando un grito desde la puerta y subo a la ruta lo más rápido posible. Una vez más: misión cumplida.

Lucí mis guantes, mi tapabocas y mi collar todo el día. Quise escuchar el corazón de mis amigos, pero todo lo que escuchaba eran golpecitos secos. Clave Morse, concluí, sí que son inteligentes nuestros corazones. Me limité a escucharlos por algún tiempo, pero no me habían aún enseñado clave Morse, así que no pude descifrar lo que me decían. No me importó, me bastaba con el sonido de los tambores.


16 de noviembre de 1996 –

Apúrate Titi, que la campana ya sonó, nos van a regañar otra vez, y donde me manden una nota más a la casa, ¡mis papás me matan! Pero desafortunadamente, Titi no era la más ágil de todas. Su cuerpecito, un poco regordete, no lograba atravesar el pasamanos a una velocidad decente. Titi, ¡que te apures! Silencio, y luego un berrido ensordecedor.

¡Titi, Titi! ¿Estás bien? La niña había caído al suelo de tierra comprimida algo así como unos 300 metros, o al menos eso me parecía. Titi, no te preocupes, ¿puedes mover tu pié? ¿Sí? Eso quiere decir que no es una fractura 'en torus', como la que me hice yo. Deja de llorar y vamos rápido a clase que nos regañan. ¿Te duele mucho? Bueno, acuéstate boca arriba, pon tu cabeza así, te voy a hacer lo que me enseñaron de primeros auxilios, se llama RCP. Uno… dos… tres… cuatro… cinco. Silencio, luego otro berrido ensordecedor. Titi, tengo que darte respiración boca a boca, no te voy a dar un beso y además los bebés no se hacen así. Ah, ya estás bien, ¿no necesitas nada más? ¡Ya ves cómo sí funciona!


Continuará…